Whisky de centeno sobre sofá Chesterfield

Que las series de televisión han renunciado a ser un pasatiempo liviano y se han transformado en un producto con una densidad que ya quisieran muchas de las películas de esta década, es un hecho. En el chasqueo de mis dedos puedo recordar varias producciones actuales de calidad, aunque me detengo dentro de la impecable obra maestra de la AMC (sin desmerecer de Breaking Bad, a la cual ya le dedicaré otra entrada a la altura) con una series que cambiará la historia de la televisón moderna:

Mad Men.

No pretendo volverme melodramático ni un romanticón, al fin y al cabo esto es televisón, por lo que acepto encantado tanto la telebasura más mal infectaA double shot of love! ¡Gossip Girl! ¡Hunting Chris Ryan! ¡qué mas da!) como obras maestras que cultiven mi alma.

Y es que, ante todo, Mad Men está concebida como un recreo estético, el equivalente humano a lo que para un perro sería un HUESO EXTRASENSORIAL que potencia LO BELLO y mitiga LO FEO, LO HEDIONDO, LO AUSTERO, LO MEDIOCRE.

Mad Men nos transporta a lo largo de sus (de momento) 3 temporadas, a los últimos años de los 50 / primerizos 60, lo que también se conoce como la cúspide de la civilización norteamericana, la punta del iceberg del american lifestyle: la puta polla en resumen.

En este marco conoceremos a un grupo de publicistas afincados en el Madison Square Garden, que tienen como hobbys beber en el trabajo, fumar hasta en el quirófano, engañar a sus mujeres y practicar el liberalismo más salvaje: el paraíso del hombre libre, despreocupado y con ansias de poder que aún saborea una victoria histórica en Europa.

Para nosotros, tras la espectacular introducción la serie se transforma en CIENCIA FICCIÓN ya que, como ciudadanos del siglo XXI, observamos esta sociedad como si fuesen MARCIANOS, un modo de vida caduco y pestilente, con unos aires de superioridad y recochineo un poco ALUCINANTES. Matthewa Weiner (guionista de la también recomendable Los Soprano) que es un titan que consigue en nuestros puñeteros sofás del Ikea y con una pizza de recalentada de casa tarradellas, nos atrevamos a juzgar como si nosotros viviésemos en el paradigma de la MODERNIDAD, como si en nuestro actual modelo de vida no fuésemos a ser humillados de la misma forma o peor en el futuro.

Pues DEFECTO YO en la modernidad de las actuales oficinas de publicidad, que no se pueden permitir esos escritorios de roble, cuadros de Rothko colgados en las paredes del director (¡pero qué cojones esto! me gustaría que EL ORO MACIZO de los gemelos de mis jefazos me deslumbrasen y me recordasen mi POSICIÓN de perra leal ante su legítimo poder y experiencia), poderosas figuras que se conforman a través del esfuerzo y el trabajo no de masters subencionados y demás miseria tan…moderna.

El recreo estético es multi-sensorial. Por momentos es como si mientras la disfrutas, pierdes el contacto con tu sillón Kölmha y te reconfortas en una nube masajeadora, mientras hueles el jazmín y te recreas en carne de kobe, Mad Men consigue obnubilarte con un gremio que consiguió levantar los ánimos y el estatus de la sociedad americana (y también sus carteras) a base de la mentira honrada, del engaño permitido, el robo de guante blanco intelectual: la publicidad, el señuelo como máxima, el atractivo por encima de todo lo demás.

Pero aún más en la capa superficial MI GOZO personal se encuentra en la impoluta puesta en escena, desde en términos cinematográficos (mejor rodada que el 99% del cine actual) a, cómo no, el impresionante vestuario de la quinta de Sterling Cooper: desde el coqueterío de la mujer recatada y trabajadora como secretaria de los 50, la elegancia fraternal y el sentido del estricto comedido en las madres a el ejemplo social a través de la estética en una sociedad donde el hombre vestía de la única forma que se concibe en el canon de la elegancia universal: MEDIANTE UN BUEN TRAJE A MEDIDA.

Escalofríos me entran de imaginar el look de una agencia en la actualidad: un atestado de argentinos con ojeras farloperas de oso panda y camisetas desgastadas de Star Wars, AGH SIGLO XXI.

(Mad Men, la única serie que mediante su vestuario consiguen que aparte la vista de semejante omnipresencia pectoral)

Tiene razón Mathew Weinner, incluso en el vestir de los Mad Men se destila modernidad, no somos nada, yo debo ir más allá, espero vestir algún día, cuando consiga cambiar el mundo, COMO MAXIMILIANO PRIMERO DE HABSBURGO.

Posted Wednesday, August 26th, at 1:00 AM (∞). Comments

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